Crónica del 43 Heineken Jazzaldia 2008

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El 43 Heineken Jazzaldia, esto es, la edición del 2008 del Festival de Jazz De San Sebastián, es la más ambiciosa de todas aquellas a las que he asistido y probablemente sea la más ambiciosa de la historia del festival, porque cada año aumenta la oferta y la autoexigencia de la organización. No sólo hubo más conciertos que en la edición del 2007, sino que las propuestas fueron más diversas y atrevidas que nunca, sin que eso supusiese una merma en la habitual cuota de nombres bien conocidos. El cartel, como siempre, era como para reservar alojamiento en San Sebastián el día mismo de su publicación: Keith Jarrett, Gary Peacock y Jack DeJonetteFrank WessLokua Kanza, Gerald Toto y Richard BonaMaceo ParkerDavid MurrayDianne ReevesDiana KrallSteve ColemanPink MartiniMarc RibotBobby McFerrinAhmad JamalReturn To Forever (Chick Corea, Stanley Clarke, Al Di Meola y Lenny White), Benjamin BiolayAnthony Braxton, Kenny Barron, Liza Minelli, Jean Luc Ponty, Bugge Wesseltoft, Soft Machine Legacy… Impresiona, ¿verdad?

Además de esta profusión de ilustres del jazz, entre otros estilos, el Heineken Jazzaldia reservó buena parte de su programación a propuestas menos conocidas, a descubrimientos de diversas partes del mundo y, cómo no, a la saludable presencia de grupos locales. Además, se atrevió con una noche blanca, una gaubira, o, lo que es lo mismo, más de 12 horas ininterrumpidas de oferta cultural, sobre todo musical, pero no sólo. El cartel era tan atractivo y tan variado como para cansarse antes incluso de llegar, pero claro, precisamente por eso saqué fuerzas para resistir seis días en los que se van acumulando las hora de sueño perdidas. En fin, todo sea por una gran edición que a continuación os relato. Antes de entrar en materia, eso sí, vaya por delante mi felicitación al director, Miguel Martín, a todas esas personas cuyo nombre no se conoce pero que son esenciales para que el festival funcione y, cómo no, a todos los artistas y grupos que participaron, incluyendo los de la noche de micro abierto.

Día 1 - 22 de Julio. 22.280 espectadores.

La programación del Jazzaldia es abrumadora. Son tantas y tan buenas las propuestas que elegir es una tarea cada vez más complicada y sacrificar conciertos es algo extremadamente doloroso. En otras ediciones, al menos, el primer día ofrece un respiro, porque no se ponen en marcha todos los escenarios y la programación no es tan amplia, pero este año la organización empieza a pleno rendimiento desde el primer día, de modo que en la toma de contacto ya hay que elegir. Además, el cartel impresiona, pues una de las mayores atracciones de esta edición, el trío formado por Keith Jarrett, Gary Peacock y Jack DeJonette, abre la programación. Yo opto, como todos los años, por un cartel alternativo, por la cara minoritaria del festival.

20:00h. Escenario Verde: Caravan Palace. 3.000 espectadores.

Este grupo francés tiene previsto editar un disco a finales del 2008 en el potente sello francés Wagram Music, de modo que será una de las ediciones a tener en cuenta. Pues bien, tras escuchar el primero de los dos conciertos que ofreció en el 43 Heineken Jazzaldia, estoy convencido de que va a ser una de las revelaciones del 2008, una de las propuestas más destacadas del año. Caravan Palace no es un gran grupo que vaya a revolucionar ninguna escena, ni a innovar, ni a ofrecer una visión personal de la música, pero sí es de los conjuntos que crean afición, que llevan a los amantes de la música a hacer ese gesto tan hermoso que es comprar un disco. No sé cómo se va a titular ese disco de debut, ni qué temas contendrá, pero estoy seguro de que será un éxito, que funcionará comercialmente (siempre dentro de los límites de los estilos minoritarios, claro está, pues no alcanzará ventas millonarias). Caravan Palace fusiona swing a lo ‘años 30’, guitarras rascadas a lo Django Reindhart, ritmos balcánicos a lo Goran Bregovic y electrónica, mucha electrónica de baile. La mayor parte de los temas se construyen a partir de una mezcla de melodías interpretadas por instrumentos reales (dos guitarras, clarinete, violín eléctrico y acústico, contrabajo eléctrico y tromón) y beats que ya venían grabados, y la mezcla estuvo impecablemente sincronizada. Fue un concierto pensado para el baile, con la omnipresencia de beats programados y más de un momento enteramente electrónico, entre house y technoide. Se puede reprochar a Caravan Palace que los temas fuesen un tanto repetitivos, que casi todos siguiesen el mismo esquema, pero funcionaron muy bien, pusieron a bailar a casi toda la playa. Además, el violinista, Hughes Payen, es un espectáculo, y la vocalista, Cyrille-Aimée Daudel, tiene muy buena voz y una gran presencia escénica. Creo que lo escuchado es como la versión en directo de un disco de Gabin o NoJazz, esto es, jazz electrónico bailable.

21:30h. Espacio Frigo: Frank Wess & Barcelona Jazz Orchestra. 2.800 espectadores.

Frank Wess es un veterano en esto del jazz: en la rueda de prensa, por la mañana, se resalta su larga trayectoria (ha tocado con Count Basie, por ejemplo). Al escenario sube como estrella invitada de la Barcelona Jazz Orchestra, una sólida formación bien conjuntada y con solistas de mérito. A pesar de que tarda varios minutos en llegar a la silla reservada para él, que camina ayudado por un bastón y que su vista le impide ver la partitura, musicalmente hablando conserva (casi) intacta su energía y su lirismo es una maravilla. Puede que su cuerpo, debido a su edad, esté muy deteriorado o que hable con un inaudible hilo de voz, pero en lo que mejor sabe hacer, que es tocar el saxo alto y la flauta, sigue en plena forma. Improvisa con la soltura y aparente facilidad que dan varias décadas en el oficio, pero es que también se atreve con los pasajes más rítmicos y frenéticos. En fin, no debería ser necesario precisarlo, pero Frank Wess sigue subiendo a los escenarios porque sigue perfectamente capacitado para agradar a los aficionados del jazz. El repertorio lo compusieron una serie de clásicos de la era dorada de las big bands, incluyendo varias composiciones de Wess. Estimable concierto.

23:00h. Escenario Verde: Toto Bona Lokua. 5.500 espectadores.

El concierto más visto del día reunió a tres destacados artistas de esa difusa escena que es la música tradicional africana que se interpreta en occidente por artistas africanos que incorporan influencias occidentales. El congoleño Lokua Kanza, el antillano Gerald Toto y el camerunés Richard Bona grabaron en el 2004, para el pequeño sello francés No Format, el disco Toto Bona Lokua. Inicialmente, debía tratarse de un proyecto discográfico, pero el buen recibimiento reservado al álbum, impulsado por el boca oreja, prácticamente les ha obligado a reunirse, cuatro años después, para emprender una gira mundial. Interpretaron casi todos los temas del disco y sin apenas introducir variaciones. No fue una propuesta osada, ni muy valiente, sólo efectiva y sencilla. Lokua Kanza parecía estar ahí en cuerpo pero no en mente, Richard Bona se limitó a facturar un par de solos marca de la casa (esos que siempre arrancan aplausos) y sólo Gerald Toto le puso ganas y hasta entusiasmo al asunto. Además, se quedó solito para interpretar una pieza compuesta por él, una pieza convencional pero que hizo entretenida por sus constantes muecas, su tono agudo y un inesperado parón para exigir que el público cantase el pegadizo estribillo. En definitiva, una actuación intrascendente, muy por debajo de lo que se espera de estos tres talentosos artistas (y no digamos ya de su unión), pero que encantó a la mayor parte del público a juzgar por sus sonrisas.

Día 2 - 23 de Julio. 12.832 espectadores.

El segundo día fue el día del viento, el que obligó a suspender todas las actuaciones a partir de las 22:00 por medidas de seguridad. Las estrellas del festival eran Maceo Parker, el italiano Paolo Conte (cuánto me hubiera gustado que trajeran al otro Conte, Nicola) y el saxofonista David Murray, pero ellos estaban a salvo de la ventolera porque tocaban a cubierto. En cambio, el llamado Jazz Band Ball, es decir, la terraza del Kursaal, se convirtió en el inhóspito escenario de una tormenta de viento más propia del desierto que de San Sebastián en verano. Sólo pude ver un concierto y medio.

20:00h. Carpa Heineken: Pyeng Threadgill. 600 espectadores.

No hay ninguna posibilidad de confundir la Carpa Heineken con el Espacio Frigo, porque un lugar en el que hace tanto calor no puede llevar el nombre de una marca de helados. Pyeng Threadgill se quejó del calor repetidas veces durante su actuación, pero fue también la encargada de hacer que el público se olvidase de la temperatura con los temas que interpretó junto a cuatro músicos (batería, guitarra acústica, bajo y trompeta/percusión). Como vocalista es una estimable intérprete, pero esas similitudes con Nina Simone, Jill Scott y Cassandra Wilson que ha propuesto algún medio yo no las escuché. Tiene una voz agradable, con fuerza, tímbricamente bella y que modula con facilidad, pero no es ni muy personal ni muy virtuosa. Las piezas que interpretó estaban barnizadas de jazz-pop, tendiendo a la melodía resultona y los arreglos convencionales, pero, afortunadamente, en más de una ocasión los músicos se dejaban llevar por las ganas de tocar, olvidaban momentáneamente el guión y, especialmente el trompetista y percusionista (Kevin Louis), desarrollaban pasajes más aventurados. Improvisar, no llegaban a improvisar. El repertorio incluyó temas del último disco de Pyeng Threadgill hasta la fecha, Of The Air, pero también varios adelantos del próximo, que ya ha grabado.

21:30h. Escenario Verde: Caravan Palace. 2.200 espectadores.

A las 21:30, justo al inicio del segundo concierto de Caravan Palace, empezó a soplar el viento, pero sin que nadie se preocupase lo más mínimo. Las ráfagas eran cada vez más frecuentes y más fuertes, levantado arena de la playa y llevándola directamente a los ojos y pelo del público allí congregado. Algunos de los miembros del grupo francés bromeaban con la fuerza del viento. Poco después de las diez se desprende uno de los carteles luminosos colgados del techo del escenario y se precipita hacia el suelo, a medio centímetro de las cabezas de dos niñas. Recuerdo bien la caida, a cámara lenta, pues el cartel llegó a planear y respiré aliviado al ver que no hacía caido encima de nadie, porque era una robusta estructura metálica que habría sido necesariamente mortal. Salvo una pequeña parte del público que estamos cerca, el resto no parece enterarse porque sigue bailando como si nada. Todos los que están a mi alrededor y yo nos alejamos de la primera fila. El grupo sigue tocando hasta que acaba el tema: no me explico cómo no se ha dado cuenta de que una parte del escenario se ha desplomado. Una vez acabada la pieza, el violinista dice, en inglés, que lo siente, que tienen que parar, pero antes de acabar la frase el director del festival, Miguel Martín, apareciendo casi mágicamente, le arrebata el micro y, con una lógica cara de preocupación, justifica la decisión: no le da ninguna seguridad la parte de la estructura que queda en el techo, que hay unos músicos en el escenario que no pueden estar pendientes de que se caiga o no. Del público, igualmente en peligro, no dice nada. Minutos después ya han desalojado la zona y, tras la llegada de un retén de bomberos, desalojan toda la terraza. El resto de conciertos han quedado suspendidos, así que me pierdo dos de los que esperaba con más ganas: Marc Ribot y Pink Martini. Otra vez será.

Día 3 - 24 de Julio. 36.458 espectadores.

El tercer día está protagonizado por dos de las estrellas del festival, Dianne Reeves y Diana Krall. Además de las vocalistas, actuan Steve Coleman (uno de los conciertos más alabados), Kate McGarry, los locales Citric y el pinchadiscos conocido por el nombre artístico de Dutch Rhythm Combo. Como siempre, yo selecciono lo que creo más interesante entre la programación de las terrazas del Kursaal.

22:30h. Escenario Verde: Bobby McFerrin + El Orfeón Donostiarra. 18.000 espectadores.

El concierto más visto del festival congregó al vocalista y director de orquesta Bobby McFerrin y una de las formaciones musicales más conocidas y con más tradición de San Sebastián, el Orfeón Donostiarra. Es una de esas asociaciones que tanto gustan a los responsables de los festivales, de las que salen como titular en los periódicos porque son llamativas, inusuales. Un músico de jazz cantando con un coro dedicado, sobre todo, al repertorio clásico: ¡oh, qué original! Pero bueno, eso a mí no me impresiona particularmente, porque también se puede juntar a Norah Jones con Godzilla y seguro que acapara titulares y minutos en los telediarios, pero eso no garantiza un buen concierto. De hecho, no fue un buen concierto. Por lo visto, la mayor parte de los asistentes se lo pasó bien, muy bien, muy muy bien, porque los aplausos fueron de los más entusiastas que he escuchado nunca. Sin embargo, lo que allí se vio y escuchó fue más un espectáculo cómico que una actuación musical. Bobby McFerrin tiene humor y, lo más importante, sabe cómo entretener al público. En la parte central del directo, le pidió al pianista acompañante que tocara algo, lo que fuera, y según lo que tocaba, imitaba una forma de cantar, desde los lieds o la ópera (y su versión ‘buffa’) hasta los empalagosas parlamentos de algunas vocalistas para acentuar el componente sentimental. Ese apartado finalizó con un intercambio de sílabas, impronunciables palabras y onomatopeyas entre Bobby McFerrin y el Orfeón, pues el primero se divertía (y divertía al público) haciendo que el coro repitiese lo que él cantaba, accelerando el ritmo o aumentado la complejidad de las palabras, provocando las carcajadas del público y hasta de los propios miembros del coro. Esos cinco minutos fueron los mejores del concierto, pues aunque musicalmente tuvieron muy poco valor, al menos fueron divertidos, y llevar el humor a un festival de jazz (cuyo ritual de escucha se ha convertido en tan rígido como el de la música de auditorio) es muy saludable, máxime si se hace con el Orfeón Donostiarra en el escenario.

El resto del concierto se dividió entre lo insustancial y la farsa. En varias ocasiones McFerrin hizo como que dirigía al coro en unas piezas técnicamente sencillísimas y musicalmente olvidables. Piezas que el Orfeón tendrá como fondo de repertorio para las ocasiones ligeras, que tendrá perfectamente ensayadas y en las que, por tanto, seguro que no necesitan la dirección de McFerrin. Esos fueron los únicos momentos de interacción entre el orfeón y el vocalista (además del apartado humorístico), así que lo que potencialmente hubiera podido ser una unión interesante se quedó en nada. Por la mañana, en la rueda de prensa, Bobby McFerrin dijo que sólo había ensayado 20 minutos con el coro. Me lo creo escuchado el pobre resultado. Para eso, le sobraron 20 minutos de ensayo. En lo que respecta a su actuación en solitario, su privilegiada voz funciona muy bien cuando canta el primer tema, pero cuando se ve que en el segundo, y en el tercero, y en todos los demás, sigue haciendo los mismo juegos circense-vocales, deja de impresionar y el aburrimiento hace acto de presencia. La mayor parte del público, eso sí, siguió celebrando sus piruetas con la voz hasta el final, así que debo de ser uno de los pocos a los que su actuación les pareció reiterativa. Menos mal que invitó a Dianne Reeves (que, tras su actuación, estaba por allí, escuchando el concierto) a pasar al escenario, porque se marcó dos temas que fueron, artísticamente hablando, lo mejor de la noche. Eso sí, Reeves se lo comió con patatas salteadas en tallos de cebolleta y crema de coliflor.

24:00h. Carpa Heineken: Pupkulies & Rebecca. 700 espectadores.

Pupkulies & Rebecca era una de las propuestas que tenía señaladas en el cartel del festival como imprescindibles. Se trataba de una intuición, porque en el momento en el que supe que acudían a esta edición, todavía no había escuchado ninguno de sus dos álbumes. Sin embargo, su descripción como un conjunto de minimal-house ya era suficiente para que sintiese ganas de escucharlo. Tras un primer tema predominántemente orgánico (guitarra, teclado, voz y unos discretos elementos programados), la parte electrónica del proyecto, es decir, el productor, Janosch Blaul, presentó la música del dúo como “minimal chanson house”, y eso es lo que ofreció en adelante, pues los beats pisteros hicieron acto de aparición, sin por eso descuidar el componente melódico. No fue un concierto memorable y los temas del dúo alemán son más convencionales que innovadores, pero funcionaron bien ante el público allí congregado. Para afirmar eso me baso en lo mal que lo pasaron los dos miembros de seguridad, que lo tuvieron complicado para contener a los asistentes, que sólo pensaban en ocupar el recinto para bailar.

Eso sí, varios temas son muy efectivos, integran con éxito la voz de Rebecca con los beats de Janosch. Ahora bien, para los que no digieran bien que la mayor parte de lo escuchado viniese ya grabado, ese no fue su concierto: no sólo estaba programada la base rítmica, sino también arreglos instrumentales (guitarras, violines) y los coros de la vocalista, de modo que la actuación sólo sumaba la voz en directo y la interpretación de un teclista invitado. Entretenido.

01:00h. Escenario Verde: The Waifs. 8.000 espectadores.

Siguiendo con la diversidad estilística que caracteriza al escenario verde, el más comercial del festival, la jornada concluyó con la actuación de The Waifs, un grupo australiano de folk que comenzó su andadura interpretando versiones de temas de Bob Dylan. Para esta actuación, el quinteto contó con el organista y pianista Mikel Azpiroz (puede que lo conozcáis como parte del trío Elkano Browning Cream), quizá para darle mayor empaque instrumental a una propuesta que, por su naturaleza folk, tiende a la sencillez. Fue un concierto que logró agradar a buena parte de los 8.000 espectadores congregados, pues el entusiasmo sólo estuvo un pelín por debajo del generado por la anterior actuación en ese escenario, la de Bobby McFerrin junto al Orfeón Donostiarra. Fue un estimable directo, muy recomendable para los que disfruten con ese tipo de música. Por otra parte, tratándose de un conjunto que pone el acento en el apartado vocal, cuenta con unos arreglos instrumentales muy logrados y muy ricos, y no me refiero sólo a Mikel Azpiroz, sino también a la profusión de pasajes predominántemente rítmicos, incluso bailables.

Día 4 - 25 de Julio.

El cuarto día del Festival incluye la actuación del ganador del premio Donostiako Jazzaldia 2008, Ahmad Jamal, pero no es el único gran artista de la escena jazzística que actúa este día, porque dos horas después está programado el concierto de Return To Forever, el grupo formado por Chick Corea, Stanley Clarke, Al Di Meola y Lenny White. También es el día de Anthony Braxton, aunque, como sabéis, yo no acudo a ninguna de estas interesantísimas propuestas, sino que elijo lo que creo que puede ser más recomendable de los tres escenarios de la terraza del Kursaal.

21:30h. Escenario Verde: Benjamin Biolay.

La estrella del pop francés es una de las mayores atracciones del apartado no jazzístico del Jazzaldia. El pop/rock suele ser el estilo menos representado en el cartel, pero casi todos los años los responsables del festival traen a algún exponente y este año se trata de uno de los más destacados de la escena pop internacional. La versión de estudio del francés es maravillosa, una de las experiencias más interesantes que puede experimentar un oyente sensible. Sus álbumes son ejercicios de creatividad en lo que respecta a la composición y los arreglos, talentos que Benjamin Biolay redondea con su personal interpretación vocal. En el momento de su directo en esta edición del Jazzaldia, cuenta en su discografía con trabajos excelentes como su asombroso debut, Rose Kennedy (2001), Négatif (2003) o À l’origine (2005). Sobre el escenario, en cambio, el brillo del francés se diluye. Al no poder contar con la cincuentena de instrumentistas que requieren sus abundantes y siempre imaginativos arreglos, tiene que reducir las versiones en directo a la esencia. Pese a que esa esencia es interesante, se pierde mucho en el proceso. Lo que hace de él un gran artista es su talento como compositor y ese aspecto pierde fuerza en un concierto, donde son otros los elementos que adquieren mayor importancia habitualmente, como la interpretación, por ejemplo. En ese sentido, Benjamin Biolay pasa un tanto desapercibido, apenas si se escucha su voz y, encima, ni siquiera se echa de menos viendo lo poco que esta aporta. Sí fueron atractivas las modificaciones o fusiones que introdujo en varios temas, así como dos fugaces incursiones en la música dance (con la colaboración de una vocalista cuyo nombres desconozco al no figurar en el programa), pero el resto dijo muy poco acerca del talento del francés. En definitiva, en estudio es un creador genial, pero (casi) nada de lo escuchado en el escenario lo deja entrever. En cualquier caso, recomiendo, a quien no lo haya hecho ya, que se haga con su discografía.

23:00h. Carpa Heineken: Kate McGarry.

Por lo escuchado, Kate McGarry es una de esas vocalistas, de privilegiada voz, que conoce bien la tradición. No innova sino que hace bien lo que otras vocalistas ya hicieron en el pasado, pero no por un proceso de mimetismo o plagio, sino con una indudable personalidad. Conoce bien su voz, deslumbra con los pasajes de scat, tiene un bello timbre que complementa con una impecable pronunciación del inglés y, además, tiene ese tipo de magnetismo que atrae hacia ella todas las miradas. El repertorio del concierto estuvo integrado por piezas del American songbook, de artistas brasileños, clásicos y contemporáneos (hasta se coló un tema de Djavan, que cantó en un pasable portugués), por alguna estimable composición propia y, también, por un corte de Bob Dylan, que interpretó como dedicatoria a Obama, del que aseguró que, finalmente, iba a ser el presidente que cambiase las cosas de verdad. Como ocurre cada vez que un artista apoya públicamente al candidato demócrata, se ganó el entusiasta aplauso de buena parte del público asistente.

Volviendo a la música, Kate McGarry estuvo acompañada por un trío (guitarra, contrabajo y batería) con el que se mostró admirablemente bien compenetrada, especialmente con el guitarrista, Keith Ganz, con el que improvisaba asombrosos dúos interpretando una serie de notas al unísono. Fue un concierto estilísticamente variado (con toques de folk y bossa nova), instrumentalmente absorbente y protagonizado por una buena vocalista de jazz a la que recomiendo escuchar sobre un escenario cuando se tenga la ocasión.

24:00h. Club Victoria Eugenia: Daniel Haaksman.

El Club Victoria Eugenia es el lugar en el que se realizan las ruedas de prensa matutinas, de modo que, nada más entrar, lo primero que produce un impactante efecto positivo es ver convertida la sala en un club de música electrónica, repleto de jóvenes bailando (los mayores, que también había al principio, no duraron más de cinco minutos al comprobar de qué se trataba). Es una gran idea programar sesiones de DJs en el club, porque es un lugar atípico para este tipo de música. Una pena que no sea más frecuente, porque la acústica es idónea (por algo se celebran allí conciertos de conjuntos de jazz o ruedas de prensa). Estaría muy bien que un empresario se decidiera a crear un club similar, también con aspecto de anfiteatro, creo que sería un éxito. Yo mismo lo abriría si tuviese suficiente capital. En ese estupendo lugar pinchó la noche anterior Felix Haaksman, más conocido como Dutch Rhythm Combo, y hoy le tocaba el turno a su hermano, Daniel Haaksman (culminando la programación con la sesión conjunta como Haaksman & Haaksman prevista para el día siguiente). Contrariamente a lo que pensaba y a lo que indica la revista del festival, no es una sesión sorprendente y ecléctica, sino totalmente monotemática, dedicada exclusivamente al favela-funk, esa fusión de funk y electro nacida en los barrios más pobres de Rio De Janeiro y que, inicialmente, internacionalizó Diplo. Daniel Haaksman, a través de su sello Man Recordings y la serie de vinilos Funk Mundial, es otro de los artistas que se ha empeñado en otorgar al estilo notoriedad internacional, pero también insiste en esa loable tarea en sus sesiones, como la que escucho, a medias, esta noche. Primero él pincha varios temas del estilo, aunque acentuando el componente electrónico, pero luego sigue a dúo con MC Gringo. Haaksman pincha bases instrumentales y el MC, que dice vivir en una favela de Rio de Janeiro (“donde llevo una vida legal”, precisa) aporta la voz en directo. Durante los diez primeros minutos la combinación funciona y, en mi caso, que nunca había asistido a una propuesta similar, me parece atractiva. Sin embargo, pronto empieza a resultar reiterativa y se aprecia en el MC un terrible pánico a permanecer callado más de un nanosegundo. Además, que divirtiese al personal organizando batallas tan intelectuales como “rubia contra morena” agotaron mi paciencia, que no es muy abundante a la una de la mañana. En fin, fue una curiosa oferta para el festival. Espero que otros la disfrutasen.

Día 5 - 26 de Julio de 2008.

Los críticos de verdad han acudido a escuchar a Kenny Barron y a Iñaki Salvador, que presenta su nuevo proyecto, “Te doy una canción”. Los interesados por el teatro se habrán acercado a la sala de cámara del Kursaal para ver al actor francés Jean-Louis Trintignant. Yo, naturalmente, me decanto por el plan alternativo habitual. Esta es la nocha blanca, la Gaubira, que ofrece programación hasta altas hora de la madrugada, y no sólo musical. No detallo aquí la oferta porque es muy amplia y muy variada y me llevaría un buen rato, de modo que, los interesados, pueden acudir a la web del festival. En lo que a mí respecta, sí permanezco despierto hasta más tarde de lo habitual, pero tampoco vivo la noche blanca, que ya no tengo edad para trasnochar.

21:30h. Escenario Verde: Kings Of Convenience.

El dúo noruego es el que inaugura mi particular quinta jornada del festival. Me hubiera gustado una propuesta más vitamínica para despertar, pero su sedante y sensible pop también me seduce. Hay que alabar la maestría de los organizadores del Jazzaldia, que programaban dos conciertos de pop en días consecutivos, a la misma hora y en el mismo escenario, y consiguen abarrotar la playa con ambos. Kings Of Convenience despliega su pop susurrado, su minimalismo melódico y su discreto auto-acompañamiento de guitarras. Ayudó que los espectadores de las primeras filas conocieran su música y silbaran enloquecidos cada vez que reconocían las primeras notas de un tema. De todas formas, no sé si una propuesta como esta funciona bien en un escenario con vocación masiva como el Escenario Verde, pues es el más indicado para música de baile, no para unas composiciones tan intimistas que encajan mejor en una pequeña habitación o en una acogedora sala de conciertos. Eso sí, independientemente de la idoneidad del lugar, fue un buen concierto y el dúo mantuvo el interés de los presentes hasta el final. Además, nos regalaron alguna perla humorística, como cuando dijeron que les ponía un poco nerviosos tocar en un festival de jazz, puesto que ellos no eran músicos de jazz. Confesaron que ellos no eran tan buenos músicos, que no ensayaban diez horas al día, que tenía otras cosas que hacer. Sin embargo, aseguraron que las letras que cantaban las habían escrito ellos, no Cole Porter. No muchos pillaron el chiste, porque sólo unos pocos se rieron. Aún así, continuaron: “como no pasamos diez horas en nuestra habitación practicando con la guitarra, nos pasan cosas sobre las que escribir las letras de las canciones. Nos dimos pronto cuenta de ese problema, porque si ensayáramos diez horas en nuestra habitación, ¿de qué íbamos a escribir?” Esta parte ya provocó una carcajada más generalizada. Acto seguido, invitaron a dos músicos al escenario, contrabajista y violinista, y pese a que no aportaron ningún toque jazzístico (seguramente porque no era la intención de Kings Of Convenience), sí sirvió para revestir de algo de variedad y riqueza a sus arreglos.

23:00h. Escenario Frigo: Stefano Di Battista.

El maestro Chang Lien dice a su aventajado discípulo Pu Ya, el “mejor-músico-del-mundo”, que la música no está entre la muerte, la muerte es la no vida, y la música implora vida, puesto que para sentir hay que estar vivo. Por tanto, si no es la vida misma, la música está en la vida. Este sabio comentario tuvo su traducción práctica en el concierto que ofreció Stefano Di Battista con su cuarteto. Energético y vitamínico, fue ante todo una actuación vital, una celebración de la vida, de eso tan maravilloso que es estar vivo, sobre todo si uno aprecia la buena música. El cuarteto que lidera el italiano interpreta un jazz complejo, intelectual, osado, pero es una interpretación tan pletórica, tan espectacular en ocasiones, que es apreciada incluso por el público con menos cultura jazzística. El directo congregó a más de 2.000 espectadores que aplaudieron con todas sus fuerzas y obligaron a Stefano Di Battista a ofrecer un bis: no es posible que todos fueran grandes aficionados al jazz. Sencillamente, a veces ocurre que la buena música, especialmente sobre un escenario, logra su objetivo, transmite su fuerza a los presentes, independientemente de sus conocimientos musicales. Así pues, por intelectual que llegue a ser el jazz, si está bien interpretado y servido por un cuarteto de excelentes músicos bien conjuntados, será siempre apreciado por un oyente con la mente abierta. Por otra parte, Stefano Di Battista, además de un gran líder de banda e intérprete del saxo, se reveló como un buen maestro de ceremonias, pues a pesar de hablar en un italiano mezclado con palabras en francés y español, se hizo entender por todos y nos sacó más de una sonrisa. En cierto modo, ocurrió lo mismo que con la música.

00:30h. Escenario Verde: Mungolian Jet Set.

Este fue uno de los conciertos más interesantes de los 17 que vi en la presente edición. Ya sabía que sería bueno porque conocía su muy recomendable álbum debut, Beauty Came To Us In Stone (Jazzland Recordings, 2006), pero lo escuchado en el Escenario Verde superó incluso mis más optimistas previsiones. En el estudio es un conjunto que fusiona jazz y electrónica, pero en este directo privilegió la experimentación en materia electrónica. Eso sí, no se trata de música electrónica cuyo principal objetivo es que el público baile, sino de electrónica que trata de innovar, de tomar el testigo del jazz como lenguaje especialmente propicio para la improvisación. No escuchamos bases ya programadas, sino ritmos en constante cambio creados en directo, a los que suma los efectos pinchados en CD por un DJ, los sonidos de dos percusionistas, el teclado interpretado por Bugge Wesseltoft (sólo durante los primeros minutos, pues luego tuvo que irse a preparar su propia actuación) y, finalmente, los particulares y humorísticos juegos vocales de un pseudo-cantante. Tampoco interpretaron canciones, ni los temas del disco, sino largos pasajes en constante evolución, piezas que pasaban, en cuestión de minutos, de ser atmosféricas a proponer frenéticos ritmos que, estos sí, incitaban a los espectadores a bailar. Fue un concierto apasionante, siempre sorprendente y completamente inusual. Parece que el principal objetivo del Mungolian Jet Set era sonar como nunca antes lo ha hecho un grupo de electrónica sobre un escenario. Hasta sus trajes, sacados del folclore de Mongolia, resultaban curiosos. Sería muy bueno que grabara un segundo disco, pues la evolución respecto a Beauty Came To Us In Stone es asombrosa, de modo que este debut ya no le representa.

02:00h. Teatro Victoria Eugenia: Bugge Wesseltoft.

Y llegamos al gran concierto de esta edición en lo que respecta a mi selección. Dado que había escuchado, y muchas veces, su último álbum hasta la fecha, IM (Jazzland Recordings, 2007), ya tenía una cierta idea de lo que Bugge Wesseltoft iba a ofrecer, pero, aún así, fue una grata sorpresa. El noruego propone una atrevida integración de interpretación de un piano de cola (un Stenway, para más señas) y elementos electrónicos. Pero este apartado electrónico no viene ya programado, sino que surge a partir de la modificación de lo que él mismo interpreta al piano. Me refiero al piano en su totalidad, pues no sólo tocaba las teclas, sino también el interior, las cuerdas. Su procedimiento básico consistía en grabar un breve fragmento de su interpretación (para eso, pisaba un pedal que tenía a un lado) y, a continuación, darse la vuelta para, con la ayuda de dos aparatos cuyo nombre desconozco y un Mac, ir modificándolo progresivamente, creando un loop, convirtiéndolo en un ritmo, haciéndolo más agudo, reduciéndolo al mínimo… Una vez creado este repetitivo acompañamiento rítmico, se sentaba en la banqueta de nuevo y seguía improvisando al piano, con lo que creaba un efecto muy atractivo al que en más de una ocasión sacó un gran partido. El efecto, sumado a su rapidez para transformar un fragmento que acababa de interpretar en una base rítmica, provocó varias veces la entusiasta reacción del público y espontáneos aplausos, aunque lo novedoso y atípico de la propuesta también derivó en varias deserciones al final de cada corte. Aún así, fueron más los que se quedaron que los que huyeron despavoridos al no asimilar el universo sonoro de Bugge Wesseltoft. Tras escuchar el concierto, que tuvo dos bises -lo que da una idea del buen recibimiento por parte de los que se quedaron hasta el final-, creo mucho más en las posibilidades de la interacción entre piano y electrónica que por lo que conocía del disco, Jazzland Recordings. Por supuesto, se trata de una fusión limitada, porque el proceso es el mismo en cada pieza, pero es mérito del noruego que cada vez crease sonidos bien diferenciados, que ningún tema se pareciese a otro, evitándose así que apareciese el fantasma de la monotonía. Por último, cabe reseñar que un pequeño porcentaje del público se durmió. Esto tiene mucho que ver con la hora del concierto, y no creo que sea un mal síntoma, pues dudo que alguien se duerma escuchando música que no le guste. Yo, al menos, no. Lo que ocurre es que Bugge Wesseltoft creaba atmósferas tan introspectivas, tan minimalistas, que uno se sentía lo suficiéntemente bien como para poder conciliar el sueño. Hasta yo sentí la tentación de dejarme invadir por el mundo de los sueños y si no lo hice fue porque prevalecía mi interés por escuchar al maestro del nu-jazz.

Día 6 - 27 de Julio.

Llego, visiblemente agotado y con una alarmante carencia de sueño, al sexto y último día de esta 43 edición del Heineken Jazzaldia. Estoy en un punto en el que tengo tantas ganas de volver a casa como de ver conciertos, pero cuando empieza la programación, ahí estoy, como siempre, deseoso de escuchar buena música. El colofón a la ambiciosa oferta lo pone Liza Minelli, aunque los críticos de jazz de prestigio (entre los que, por supuesto, no me cuento), también acudirán a los escenarios en los que actúan Jean Luc Ponty y Soft Machine Legacy. A continuación, os cuento el itinerario que seguí yo.

21:30h. Escenario Verde: Asa. 4.500 espectadores.

En la revista del festival se nos dice que Asa cita como referencias a Fela Kuti, Bob Marley, Marvin Gaye, Lauryn Hill, Erykah Badu, Angélique Kidjo y Nina Simone. Ya puestos, ¿por qué no añadir a la lista a Billie Holiday o a Dimitri Shostakóvich? Total, no compromete a nada y las comparaciones nunca vienen mal. En fin, no dudo que estas referencias sean ciertas, que la cantante nigeriana las sienta como principales influencias, pero poco de eso se escuchó en su actuación. Sí se apreció su vertiente soul, Fela Kuti posiblemente sea un referente ineludible para cualquier artista nigeriano o mínimamente interesado por la música africana y, finalmente, en varios cortes introdujo un ritmo cercano al reggae, pero la mayor parte de su música es pop más o menos impregnado de sonidos negros. Es una propuesta interesante, que demuestra una notable sensiblidad, pero su concierto fue irregular. Interpretó baladas de sonrojante simpleza (esas que se ponen al final de cada capítulo de las series comerciales) pero también piezas de poderosa energía y acertadas versiones. Eso sí, su reinterpretación del Feeling good popularizado por Nina Simone fue casi una caricatura del original. En cualquier caso, entre el público había caras mucho más sonrientes que la mía, así que debe ser que me estoy volviendo demasiado exigente o que no tenía yo el cuerpo para apreciar su propuesta.

21:30h. Escenario Frigo: Till Brönner. 2.800 espectadores.

Este trompetista es uno de los músicos de jazz más exitosos de Alemania, comercialmente hablando. Tras escuchar su concierto comprendo el porqué. Till Brönner aboga por la vertiente más accesible del jazz, aquella que más fácilmente puede ser digerida e incluso disfrutada por aquellos que no sienten especial interés por el género. Nada de experimentación ni innovación, sino todo lo contrario: sonidos smooth, solos absolutamente inofensivos y arreglos de esos que casi pasan desapercibidos. La música es interesante, pero no para aquellos que quieran anticiparse a las tendencias del futuro, ni tampoco para las mentes más abiertas en constante búsqueda de propuestas osadas y desafiantes. No todo el concierto permaneció en el territorio smooth, pero en la práctica es como si así hubiera sido, porque cuando interpretaba baladas, bossa nova o pasajes de jazz latino lo hacía con el mismo tono easy listening, limitando la improvisación (cuando hacía acto de presencia), privilegiando los ambientes relajados, las melodías convencionales y, en definitiva, eliminando cualquier elemento que pudiera inquietar o sorprender lo más mínimo al público. Por supuesto, casi nadie se fue antes de hora, pero tampoco cosechó los entusiastas aplausos que, un día antes, en este mismo escenario, sí se llevó, y merecidamente, Stefano Di Battista. Till Brönner interpretó jazz, el mismo género que el italiano, pero sus conciertos fueron radicalmente distintos. Puede que el alemán contribuya más a popularizar el jazz y venda muchos discos, pero creo que Di Battista hace más en pos de su crecimiento.

23:00h. Escenario Verde: Dapuntobeat. 4.500 espectadores.

Cito parte de la descripción sobre Dapuntobeat que se lee en la revista del festival: “su prioridad es que la gente baile y disfrute de la música sin buscar en ella un mensaje, su único compromiso es generar un sonido impactante y provocar una descarga de adrenalina”: Pues bien, de los 4.500 espectadores que congregó en torno al Escenario Verde, más de 4.000 bailaron durante toda la actuación, de modo que, en ese sentido, el conjunto mexicano cumplió con su prioridad. Fue un directo repleto de energía, tremendamente rítmico, con un permanente 4x4, y claro, el efecto sobre el público fue el que imaginas. En definitiva, si alguna vez tienes ganas de bailar hasta que ya no puedas más, echa un vistazo a la agenda de Dapuntobeat, no sea que lo tengas cerca, porque podrás saciar tus ganas de movimiento.

Ahora bien, sin que esto suponga cuestionar su carácter bailongo, no entendí bien su propuesta. La música que interpretó se movía entre el electro-funk y el electro-rock, pero no sé qué pretendía artísticamente hablando. Sí, está muy bien que quiera “que la gente baile”, pero me resisto a creer que ese sea el único objetivo. Desde el punto de vista musical, el conjunto mexicano ofrece poco (al menos sobre el escenario), porque ni innova, ni está formado por virtuosos, ni brilla por su personalidad. Funciona muy bien el primer tema, bien el segundo y, como mucho, el tercero, pero luego la sensación de repetición es inevitable y llega un momento en el que resulta terriblemente monótono. El público siguió bailando con las mismas ganas, de modo que o no le pareció repetitivo o le dio igual, pero para escucharlo activamente, que es lo que yo hice, no es precisamente estimulante. En fin, como cierre del Escenario Verde no estuvo mal.

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