Crónica del 42 Heineken Jazzaldia 2007

0

Fieles a la cita anual con nuestro festival de Jazz preferido, el cariñosamente llamado Jazzaldia, los reporteros más jazzeros estamos en San Sebastián el 24 por la mañana, dispuestos a disfrutar con la buena música durante los cinco días que pasaremos allí. Como siempre, el cartel es de impresión, tan bueno, variado y con tantas actuaciones que, antes de empezar, ya se hace díficil aceptar que no es posible asistir a todas. En el cartel destaca la presencia de grandes como Chick Corea, Gary Burton, Gotan Project, Richard Galliano, Bryan Ferry, Marcus Miller, Vienna Art Ochestra, Van Der Graaf Generator, Isaac Hayes, Sly & The Family Stone, Madeleine Peyroux, Ximo Tébar, Pat Metheny y Brad Mehldau, Wayne Shorter e Imani Winds, Pedro Iturralde o Bojan Z, entre otros, además de toda una serie de propuestas no jazzísticas de gran interés y la habitual dosis de grupos locales, entre los que siempre se producen muy gratas sorpresas. Es una lástima la cancelación de las actuaciones de Antibalas y la Matthew Herbert Big Band, porque eran de las que más esperábamos, pero la oferta de este 42 Heineken Jazzaldia es impagable, así que esa decepción se olvida pronto en cuanto uno se pone a mirar la programación para cada uno de los días.

El Festival comenzó con un día de adelanto con respecto a lo previsto, para conmemorar el 30 aniversario del Peine del Viento, que incluyó las actuaciones de Wagon Cookin y DJ Solal (es decir, de Philippe Cohen Solal, creador de Gotan Project) y la participación de la Amama Luisa Brass Band, un conjunto habitual del Jazzaldia. Naturalmente, nos hubiera encantado estar allí, pero ya teníamos todos los billetes y la estancia cerrados desde hacía tiempo, así que no pudimos adelantar nuestra llegada. Para el primer día oficial, en cambio, sí estuvimos a tiempo.

Día 1 - 24 de julio. 26.500 espectadores.

La programación de cada día del Jazzaldia es tan amplia que es imposible ver todas las propuestas, por la sencilla razón de que hay varios conciertos programados a la misma hora en escenarios alejados (de modo que ni siquiera es fácil ver la mitad de uno y la mitad de otro). No obstante, el primer día sí permite asistir a la mayor parte: es el único en el que uno tiene la sensación de que, al menos, ha visto todo lo que le interesaba. Todavía no hay programación en la Plaza De La Trinidad, ni en el Auditorio del Kursaal ni en el Teatro Victoria Eugenia. Por eso, aunque en un par de ocasiones se puede elegir entre dos conciertos, es posible asistir a los que más te interesan (cuando conoces ya a los artistas) o a los que crees, a priori, por la descripción del festival, que más te pueden gustar. En este primer día, vemos cuatro actuaciones y muy variadas.

20:00h. Espacio Frigo: Ann Hampton Callaway. 2.800 espectadores.

Para comenzar el Festival, un concierto de jazz clásico, un homenaje a las grandes vocalistas y a algunos de los mejores compositores servido por Ann Hampton Callaway y su sección rítmica (Hervé Selin al piano, Darryl Hall al contrabajo y Douglas Sides a la batería). Jazz elegante con arreglos y repertorio clásico, interpretados por una vocalista con muy buena voz, mejor técnica y un gran amor por el “american songbook” y las cantantes que popularizaron esos temas, como Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald o Billie Holiday. Tras un corte instrumental, Ann Hampton Callaway salió al escenario e interpretó Old devil moon, casi sin presentación, empezando como si nada, susurrando, para progresivamente ir subiendo en intensidad. Prácticamente fue como si hablara, como si cantar fuese algo tan natural como hablar. Seguramente sea así para ella. Brilló mostrando su amplitud de registros, su facilidad para pasar de los graves a los agudos, de pasajes que necesitan de deslumbrantes chorros de voz a otros intimistas, y se mostró especialmente dotada para los scats. No sólo sabía integrarlos en un tema sin que resultasen gratuitos, sino que técnicamente eran deslumbrantes (es increíble lo rápido que puede pronunciar sílabas).

Especialmente memorable fue su interpretación de Mr. Paganini, el homenaje a Ella Fitzgerald, en el que reprodujo el tono de voz de la legendaria vocalista y su sentido del humor, pero antes ya se había ganado al público con la introducción a este tema, en el que imitó a Billie Holiday y a Sarah Vaughan, y lo hizo muy bien, además. Por lo demás, convenció con las piezas de amor, cantando dos que define como “las mejores composiciones de amor jamás escritas”: My funny valentine y Lover come back to me. También será recordado el concierto por la versión swing del estilo de Johan Sebastian Bach, una pieza en la que volvió a dejarnos una buena dosis de sus scats y su versatilidad: hizo la voz de soprano y de tenor seguidas, y varias veces. Por lo demás, no sólo agradó cantando, sino que también se ganó la simpatía del público con los comentarios que hacía entre tema y tema, casi siempre en inglés pero metiendo alguna palabra en Español. Eso sí, aunque es una pena que la gente que no entendiese el inglés se las perdiese, las presentaciones que hacía de cada tema eran muy interesantes. Además, no olvidaba mencionar lo bonito que le parecía San Sebastián (incluso bromeó diciendo que iba a cancelar su viaje de vuelta a Nueva York) y eso parecía gustarle mucho a un público mayoritariamente local. De hecho, el tema final fue una simpática improvisación sobre la ciudad, en la que habló del entorno del concierto, de la belleza del cielo, de las olas del mar… Incluso cantó “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”. En definitiva, un gran concierto y un gran comienzo para el 42 Heineken Jazzaldia.

21:15 h. Escenario Verde: The Skatalites. 8.500 espectadores.

A las nueve de la noche estoy en el Escenario Verde para ver a ver a The Skatalites. Era la calidad de la propuesta, y cómo interpretaba algunos de los mayores éxitos de la música jamaicana, que fue muy divertido y ameno. Las interpretaciones son  convincentes y los temas clásicos inmortales. El público disfrutó mucho porque The Skatalites supo conectar muy bien desde el mismo comienzo (con la música, porque apenas si hablaron), así que la playa bailó durante los más de 60 minutos de actuación. Por otra parte, no sé si fue por el aire que se respiraba, o porque ya estaba bajo los efectos de más de un porro pasivo, pero llegué a ver conexiones entre la música interpretada por The Skatalites con el son cubano, la copla y el bolero, sólo que con un ritmo más rápido. Gran concierto.

22:45 Espacio Frigo: Popa Chubby. 3.800 espectadores.

Ya recuperado del delirio ska, me sumerjo en el virtuosismo del bluesman Popa Chubby, apodado el “Rey del Blues de Nueva York”: supimos el porqué. Con un físico imponente y un aspecto amenazador, más propio de una estrella del heavy metal, desde el primer tema dejó impresionado al público, a juzgar por los rostros de asombro de los que no le conocían y por las entusiastas reacciones (bailes compulsivos incluidos) de los que ya sabían qué les esperaba. Popa Chubby ofreció una buena dosis de blues, rock y R&B con una tremenda energía, de modo que durante la actuación se fue acercando cada vez más público al escenario Frigo. No sólo es virtuoso, sino que daba la sensación de estar transmitiendo toda su fuerza física a la guitarra, como si en vez de levantar pesas, tocara la guitarra, aunque, eso sí, con mucha técnica. Esto, sumado al alto volumen de los altavoces (el propio Chubby pidió que lo subieran nada más comenzar el concierto) hizo que todo el recinto se impregnara del sonido de su guitarra. Tocó Devils guitar y Somebody let the devil out, quizá en alusión a su declaración de que no le importaría vender su alma al diablo con tal de ser el mejor guitarrista del siglo. Agotó la hora y media de concierto (tuvo que llamarle la atención la organización para que pudiera comenzar Gotan Project) y dejó a la mayoría de los asistentes con ganas de más.

00:15 h. Escenario Verde: Gotan Project. 9.000 espectadores.

El trío Gotan Project era la gran atracción de la primera jornada, la propuesta de mayor éxito y la que más público podía atraer. Por eso fue el concierto más visto, con unos 9.000 espectadores (según la organización). Ahora bien, artísticamente no era el que yo más esperaba, porque, a tenor de lo visto en La revancha del tango live, el DVD que el grupo editó en el 2005, lo suyo es más un espectáculo que un evento musicalmente memorable. La puesta en escena, de hecho, reforzaba esa idea, porque los diez músicos que salieron al escenario (cinco hombres y cinco mujeres: dudo mucho que sea una coincidencia) con un elegante traje blanco (ellos) y un llamativo vestido blanco (ellas), iban a juego con el resto de elementos escénicos, todos blancos (incluyendo el piano, cubierto por una tela blanca). Además, no faltó la característica pantalla con los vídeos que acompañan todas las actuaciones de Gotan Project y que muestran una iconografía relacionada, en su mayoría, con el tango (pero a base de tópicos y curiosidades). Eso sí, ofrece un buen espectáculo, no sólo por la imagen sino por la presencia de instrumentistas en una propuesta de cariz electrónico. Ahí es donde se nota el presupuesto del que disponen: a los tres miembros del grupo se suma Geraldo Jerez Lecam al piano, Víctor Villena al bandoneón, la vocalista Verónica Silva, Aude Brasseur al violonchelo y una sección de cuerda que se completa con tres violinistas.

Ahora bien, la actuación de Gotan Project no funcionó todo lo bien que hubiera sido deseable por el sonido de los beats, es decir, de la parte programada que se lanzaba desde los ordenadores y el plato. La fusión de electrónica programada y música en vivo, que es el gran reto de los directos de propuestas con electrónica, fue un tanto caótica, especialmente en los primeros temas, que tenían unos beats con mucha reverberación, algo que no sonó nada bien en los altavoces del escenario verde. Los temas con unos beats más precisos y los pasajes enteramentes acústicos fueron los más convincentes. Por otra parte, el repertorio estaba compuesto sobre todo por temas del segundo disco, Lunático, que son menos atractivos que los del primero, La revancha del tango, así que su poder de seducción, si encima hay problemas de sonido, es bastante menor. De todas formas, piezas como El norte o Mi confesión (con los raperos sonando enlatados pero con su imagen en la pantalla) sí convencieron y temas inmortales como Vuelvo al Sur, Santa María, Tríptico, Una música brutal o Queremos paz fueron tan efectivos como siempre. Pese a todo, el público pareció encantado con la muy medida actuación del grupo (nada de improvisación), e incluso después del bis siguió pidiendo más durante varios minutos (pero fue en vano, ya estaban los músicos dirigiéndose a los camerinos).

Día 2 - 25 de julio. 22.285 espectadores.

En este segundo día de Festival hay programados once conciertos, así que ya se complica la elección. En mi caso, aunque puedo ir a cualquier concierto, sea o no de pago, porque estoy acreditado, opto por un plan alternativo. Por supuesto, me gustaría ver a Chick Corea con Gary Burton, a Richard Galliano o a Bryan Ferry, pero creo que puede ser más interesante asistir a otras actuaciones y eso hago.

19:00h. Espacio Frigo: Hadouk Trio. 1.500 espectadores.

La fusión de jazz y música étnica no es precisamente una elección obvia para el primer concierto en la terraza del Kursaal, porque esa es la actuación más frecuentada por aquellas personas que se acercan al Festival sin estar necesariamente interesadas por el jazz. Pero esas son el tipo de decisiones que hacen grande el Jazzaldia y está claro que acertaron, porque fueron más de mil los asistentes y pareció gustar (al menos teniendo en cuenta los fuertes aplausos al finalizar). Por otra parte, da la impresión de que los tres músicos tuvieron en cuenta que formaban parte de un Festival de Jazz, porque su propuesta fue más jazzística que étnica. Su actuación fue, en cualquier caso, excelente, y consiguieron atraer al público con sus bellas melodías ambientales, con sus sencillos arreglos y con su virtuosismo. Los tres músicos son, además de grandes intérpretes, expertos en instrumentos no occidentales (Loy Elrich, con tres, fue el que menos tocó), de modo que no dejaron de sorprender al público con su colección y su dominio de los más increíbles instrumentos. En ese sentido, aunque Didier Malherbe prácticamente tocó uno diferente en cada tema y se llevó los aplausos más entusiastas con su colección de peonzas (que bailaban sobre un tambor, produciendo un curioso sonido), la aportación más notable fue la del gran batería Steve Shehan, que dio toda una lección de maestría con una curiosísima batería y con todo tipo de artilugios de percusión. Gran concierto el de Hadouk Trio.

21:00h. Escenario Verde: Horace Andy & Dub Asante Band. 4.500 espectadores.

En el Jazzaldia suele haber una propuesta de música jamaicana, pero este año el cupo se duplica o, incluso, triplica, porque esta es la primera de las dos actuaciones de la leyenda Horace Andy con la Dub Asante Band, justo el día después de la de The Skatalites. Ahora bien, son conciertos muy diferentes, porque si el grupo del día anterior representaba la vertiente más clásica y tradicional de la música jamaicana, la Dub Asante Band resulta mucho más innovadora. Guiados por un batería excepcional y un trombonista tan convincente como capacitado para conectar con el público, la banda jamaicana sorprendió con continuos cambios de ritmo, con su versión acelerada del reggae tradicional o reinterpretando el tema principal del film El Padrino. En cualquier caso, aunque perfectamente podría haber sido un concierto enteramente instrumental y hubiera tenido interés, la mayor parte del público esperaba que saliese uno de los vocalistas más importantes de la historia del reggae, Horace Andy. Nada más entrar al escenario los aplausos se intensificaron, primero sólo por su mera presencia, luego al constatar el público que conservaba su característica voz aguda. El repertorio, a partir de entonces, fue un repaso a algunos de sus más conocidos clásicos, a éxitos como Money o Skylarking. Pese a que no fue una completa sorpresa (en el 2007 ha grabado un álbum de estudio, Livin it up), agradó ver a un Horace Andy tan enérgico y que conserva tan bien su voz y su capacidad para matizar. Seguro que buena parte de los asistentes desearon estar tan bien al llegar a su edad (yo incluido). Dejó un muy buen sabor de boca y la sensación de que todavía hay Horace Andy para rato. Además, como guinda, interpretó, acompañado únicamente por el batería, un tema de Massive Attack.

23:00 Carpa Heineken: Flavio Rodríguez. 800 espectadores.

Siguiendo con la variedad de nuestro recorrido por los diversos escenarios del Festival, nos sumergimos en el soul-funk-jazz de una de las revelaciones del año: Flavio Rodríguez. La progresión del vocalista está siendo enorme, de modo que meses después de la edición de su álbum debut, Flaviolous, ya forma parte de un cartel tan importante y prestigioso como el del Jazzaldia. Puede sorprender que una música de cariz electrónico, con producción de hip-hop e instrumentación cercana al nu-soul (aunque el interesado no define así su música), tenga cabida en un festival de jazz, pero es que su propuesta en directo tiene muy poco que ver con lo escuchado en el disco. En el escenario Flavio Rodríguez está acompañado por un teclista (José Luis Guart, que también ejerce de director musical), un bajista, un batería, dos coristas y un DJ, una formación que ya revela la intención de ofrecer algo distinto a la versión de estudio. En efecto, el concierto fue un asunto principalmente acústico (evidentemente, por razones presupuestarias, una parte venía enlatada y, por razones artísticas, la música incluía beats programados y scratches servidos por el DJ), con un ritmo poderoso (la superposición de beats y batería funcionó muy bien en varios temas), con un José Luis Guart supliendo con acierto los metales y con un Flavio Rodríguez que pareció muy cómodo desde el inicio y que, en parte por sus dotes de maestro de ceremonías, en parte por la predisposición de los asistentes, disfrutó de un público entregado. Interpretó algunos de los mejores temas de su disco y versiones de The Isley Brothers y Jamiroquai (estupenda la imaginativa y larga reinterpretación bailonga de Lovefood).

00:30h. Escenario Verde: Living Colour. 8.000 espectadores.

El cuarteto estadounidense Living Colour era una de las grandes atracciones del Festival, porque no es precisamente una formación que se prodigue mucho por España (otro acierto de la organización). Por eso fue el concierto que más público congregó pese a tener muy poco que ver con el jazz. Claro que esto ya no sorprende en el Jazzaldia, que suele programar a grupos de muy diversos estilos. Por la mañana prometieron un concierto con mucha energía y muchos vatios y eso es lo que ofrecieron. Incluso se quedaron cortos con su adelanto: creo que esta es la primera actuación a la que asisto en el Festival en la que los músicos ponen a prueba la capacidad de los altavoces. Introdujeron elementos de hip hop, de punk, de rock, de reggae y, mínimamente, de jazz y funk, pero fue un asunto principalmente heavy. Ahora bien, había algo en su interpretación, en su acercamiento al hard-rock, que permitía que su propuesta trascendiese: de lo contrario no se explica que las 8.000 personas aplaudiesen y vitoreasen a Living Colour, porque dudo mucho que todos fueran amantes del estilo. Por otra parte, los músicos son virtuosos (imposible quedarse con uno de los tres intérpretes) y el vocalista, además de poseer un privilegiado timbre de voz, sabe muy bien cómo comportarse en un escenario y cómo levantar al público. En ciertos momentos incorporaron elementos electrónicos, pero el espectáculo lo dieron el guitarrista Vernon Reid (que cambiaba de guitarra tras cada tema: necesitaba que un ayudante afinara entre tanto la otra) y sus ocho pedales, el bajista Doug Wimbish (que controlaba también al quinto integrante, el ordenador) y, sobre todo, el soberbio batería Will Calhoun. De no haber estado allí, no me hubiera gustado vivir en los alrededores, porque la onda expansiva de la descarga musical de Living Colour no tuvo límite.

Día 3 - 26 de julio. 24.730 espectadores.

Llegamos al tercer día del Festival y, de nuevo, el cartel es de impresión. Marcus Miller y la Vienna Art Ochestra en la Plaza de la Trinidad, los veteranos rockeros Van Der Graaf Generator en el Victoria Eugenia y el soulman Isaac Hayes en el Auditorio del Kursaal. Además, repiten Horace Andy y Hadouk Trio, debutan Rose, Paulo Sérgio Santos Trio + 1 y Cassius y, en representación local, Iván San Miguel Sextet. Un total de diez conciertos de los que, esta vez, sólo puedo ver tres.

18:30h. Auditorio del Kursaal: Isaac Hayes. 1.386 espectadores.

Actuaba una de las grandes figuras de la música negra, una de las mayores leyendas del soul y del funk, pero el Kursaal no se llenó. Ahora bien, el concierto fue el homenaje a Isaac Hayes que este se merece. Nada más ver la instrumentación, con una sorprendente sección de tres teclados dispuestos uno al lado del otro, más el destinado a Hayes, uno ya sabía que este no iba a ser un gran concierto, porque la función de los teclados no era otra que reemplazar a la sección de metales, a la de cuerda y, puntualmente, otros instrumentos, especialmente la flauta. Estos modernos teclados han mejorado mucho y cada vez están más cerca del sonido original de los instrumentos que imitan, pero todavía no engañan a un oído que ha crecido escuchando soul (ni a ningún oyente mínimamente atento). Además, en un concierto tan importante es el sonido como la presencia escénica y tres teclados no tienen la fuerza, ni visual ni sonora, de una verdadera sección de metales, que es lo que más se echó de menos. La riqueza instrumental es una de las características de los arreglos de Isaac Hayes, de modo que es necesaria para reproducir su sonido, pero solventarlo a base de teclados para reducir personal (= reducir costes) no es una gran idea. Con este planteamiendo como punto de partida, está claro que la gira tiene como principal objetivo engrosar las arcas del veterano soulman, aprovechando su merecido tirón comercial.

Por otra parte, como el público pudo comprobar con su entrada en escena (con su banda, formada por tres coristas, un guitarra, un bajo, un batería y los tres teclistas, ya tocando), Hayes está muy deteriorado físicamente, apenas si puede andar, da pequeños y lentos pasos y sentarse al teclado fue casi una odisea. Pero no sólo sus capacidades motrices han quedado drásticamente mermadas, porque su voz, aunque sigue siendo tan grave y sensual como en sus mejores años, ya no muestra los matices y registros de antaño, de modo que, más que cantar, se limitó a hablar (aunque tampoco con el atractivo de sus monólogos de principios de los 70). Por supuesto, con este panorama, a nadie le tuvo que extrañar que se limite a repasar alguno de sus temas más conocidos, composiciones y versiones, como Joy, Walk on by o By the time I get to Phoenix, este último a dúo, junto al teclado, con Samantha May). Claro que no fue esta la única oportunidad que dio a sus coristas de lucirse, porque Rhonda Thomas también presumió de chorro de voz. Pese a los tres teclados-sustitutos y las evidentes limitaciones del protagonista (que ni siquiera tocaba el teclado, simplemente posaba sus manos sobre las teclas sin emitir ningún sonido perceptible), el público congregado pareció conformarse con rendir un homenaje a este gran artista, seguramente recordando tiempo mejores. El público más joven, como yo, que hemos descubierto su música a través de sus discos, nos vamos a quedar sin ver al Isaac Hayes en su mejor estado de forma, pero al menos pudimos ovacionarle como se merece y también disfrutamos viéndole dirigir (con mínimos gestos) su tema más conocido, el mítico corte Shaft.

21:00h. Escenario Verde: Cassius. 7.000 espectadores.

Tras el largo aplauso con el que despedimos a Isaac Hayes, salgo lo más rápidamente posible del Kursaal con la intención de ver una parte de la actuación de la francesa Rose en la Carpa Heineken, pero llego demasiado tarde, porque sólo puedo escuchar el bis, su versión de Mercedes Benz, el clásico popularizado por Janis Joplin, así que no puedo comentar nada de su paso por el Jazzaldia. Eso sí, llego con tiempo de sobra para ver el comienzo de la actuación del dúo francés Cassius (+ banda), que es una de las que espero con más ganas. En sus tres discos con este nombre artístico, los productores que se dieron a conocer con el proyecto La Funk Mob han demostrado que saben crear temas bailables. Esa misma capacidad la trasladaron y multiplicaron sobre el escenario, porque ningún otro concierto de la presente edición, de los que han tenido lugar en el Escenario Verde, consiguió que todo el público, casi sin excepción, bailara de principio a fin. Quizá no tuviesen la potencia de Living Colour, pero no tienen nada que envidiarles en cuanto a espectáculo ofrecido. Desde luego, tuvieron más efecto en la audiencia, que pudo mover el culo cuanto quiso. Su actuación se compuso de un temazo bailable tras otro, bombas para la pista, en este caso, la peculiar pista de baile en la que se convierte la playa. Comenzaron con fuerza y transmitiendo mucha energía, pero fueron a más, alternando piezas predominantemente acústicas con otras casi enteramente electrónicas (pero sin apenas elementos enlatados, los mínimos posibles), claro que el público pareció ajeno a esto, porque el delirio fue el mismo con unos y otros. Repasaron sus mayores éxitos (incluyendo Sound of violence y Feeling 4U), y ya son muchos entre los tres discos, de ahí que el concierto fuera tan memorable. Lástima que para el bis repitieran, aunque no creo que nadie se quejase, porque fue uno de sus mejores temas.

23:00 Carpa Heineken: Paolo Sérgio Santos Trio + 1.600 espectadores.

El Jazzaldia nos brindó la oportunidad de disfrutar con la música tradicional brasileña: esta fue la primera de sus tres actuaciones en días consecutivos. Yo no quise esperar y, dado lo mucho que me gustan los sonidos 'brasileiros', allí estoy en la Carpa Heineken para conocer la música del maestro Paolo Sérgio Santos, clarinetista y compositor de gran prestigio en Brasil pero demasiado poco conocido fuera de su país, algo que clama al cielo teniendo en cuenta la calidad de su propuesta y el interés de los temas que escribe. Está considerado el mejor clarinetista de Brasil y aunque no conozco la escena del país lo suficiente como para refrendar esa afirmación, sí es uno de los mejores que he escuchado, un verdadero portento.

Sin grandes alardes técnicos (aunque no faltaron cuando eran necesarios), sedujo al público con su elegancia. Estaba acompañado por su hijo, el guitarrista Ciao Márcio, por el batería Oscar Bolao (el hombre más sonriente que jamás he visto sobre un escenario) y el donostiarra Juan Mari García, alias Chepito, que de tanto en tanto tocaba instrumentos de percusión. Este último presentó muy bien al grupo y explicó que la música que estábamos escuchando era choro, un estilo tradicional brasileño nacido hace más de 130 años cuando músicos cariocas reinterpretaron danzas europeas como la polca, el vals o el chotis, introduciendo la improvisación. Su sonido está muy cercano a la samba, algo lógico teniendo en cuenta que puede considerarse uno de los primeros estilos urbanos de Brasil. Pues bien, la noche fue encantadora no sólo por las estupendas interpretaciones del Paolo Sérgio Santos Trio, sino porque la mayor parte del público, que no estaría precisamente compuesto por expertos en música tradicional carioca, acogió muy bien el choro. Creo que la mayoría comprendimos por qué la organización decidió programar tres conciertos.

Día 4 - 27 de julio. 24.916 espectadores.

Si para muchos el anterior fue el día de Isaac Hayes, este fue el de Sly & The Family Stone, otro de los grupos legendarios que podemos ver en directo en esta edición del Festival, una de las mejores desde que lo sigo. Además, el día se completa con el concierto-estrella (entradas agotadas desde hace varios días) de Madeleine Peyroux, con los primeros de Cirkus y Ximo Tébar & Fourlights con Dave Samuel, y con los de los locales The Cherry Boppers, The Heckler, Jerónimo Martín Trío y El Eje. De nuevo, hay que elegir, de modo que de los 10 selecciono los cuatro que más me interesan, teniendo que sacrificar, muy a mi pesar, otros que también me hubiera gustado mucho presenciar. Aún así, el día fue intenso.

19:00h. Espacio Frigo: The Heckler. 1.800 espectadores.

Como aperitivo al plato fuerte de mi jornada, que es, naturalmente, Sly & The Family Stone, acudo al Espacio Frigo para escuchar a The Heckler, un cuarteto muy interesante al que decidí seguir la pista tras escuchar su segundo álbum, Zalamea. Ese fue precisamente el disco que presentaron en su directo (como anunció su líder, el contrabajista Juan Pablo Balcazar, nada más comenzar), de modo que su propuesta fue tan intensa como atractiva. La suya es una música compleja y no es precisamente la que mejor recibimiento suele tener en el primer concierto de la tarde, que es el que más público no necesariamente aficionado al jazz aglutina -de ahí que la organización suela optar por grupos más comerciales o representantes de la vertiente más clásica del jazz-. No obstante, The Heckler, incluso con temas de largos desarrollos, alambicadas estructuras y pasajes introspectivos carentes de espectacularidad (pero no de fascinación) logró, al menos, la atención del público. Estoy convencido de que progresivamente fue seduciendo a la audiencia, porque los aplausos fueron in crescendo a lo largo de su actuación. Desafortunadamente, como quiero coger un buen sitio para Sly & The Family Stone, a la hora decido irme, suponiendo que habrá una larga cola. No puedo, por tanto, escuchar el final del concierto (tampoco creo que se alargase mucho más), pero me voy convencido de que The Heckler es una gran formación a la que, si tengo la oportunidad, volveré a ver sobre un escenario. Recomiendo vivamente que quien pueda haga lo mismo.

21:00h Plaza de la Trinidad. The Cherry Boppers y Sly & The Family Stone. 2.606 espectadores.

The Cherry Boppers:

Ya está muy cerca el gran momento de este Festival, pero antes se nos ofrece un suculento aperitivo, The Cherry Boppers. Aunque el grupo ha editado ya un álbum, en el momento en el que escribo esto sólo he escuchado el tema incluido en la compilación Groovadelia y los dos del vinilo Black Lolita/ Watermelon man (editado por Vinilos Enlace Funk), pero me basta para saber que nos espera un buen concierto (también lo supongo porque es una recomendación de Miguel A. Sutil). En efecto, así es, porque los bilbaínos consiguen algo casi imposible: que la mayor parte del público se olvide momentáneamente de lo que sigue para disfrutar únicamente con los teloneros, como si las más de dos mil personas congregadas en la Plaza de la Trinidad hubieran acudido para escucharles a ellos (en algún caso será cierto, sin duda). No puedo meterme en las cabezas de los demás, así que la afirmación anterior tiene mucho de especulación, pero me baso en un dato claro: prácticamente todo el mundo estuvo bailando sonriente durante los casi sesenta minutos de actuación y no se reservaron con los aplausos. La acogida fue la que se merecieron, porque su concierto fue excelente, tremendamente funky y supieron conectar con el público desde el primer tema. La suya fue una irresistible ración de funk bailable con versiones de Maceo Parker o Grant Green junto con temas propios.

Sly & The Family Stone:

Tardaron en salir más de lo que un impaciente puede esperar, pero finalmente la banda al completo (salvo Sly, claro, que como estrella de la noche no podía salir desde el inicio) ocupó el escenario y, sin presentación (no era necesario, todos sabíamos a lo que veníamos) comenzó a tocar. Desde el inicio se vio que lo que íbamos a presenciar era un repaso a algunos de los mayores éxito de Sly & The Family Stone, y tienen muchos, pero, naturalmente, no faltaron piezas inmortales como Stand, I want to make you higher, Dance o the music o Family affair. Mientras esperaban que Sly se dignara a salir al escenario, la banda -compuesta por un teclista, tres coristas, un cuarteto de metales, un bajista, un batería y un guitarrista/teclista- convencía con sus magníficas interpretaciones, siempre bajo la dirección de este último, Anthony Yates.

A los veinte minutos vimos asomarse a Sly, vestido con una de sus excesivas y llamativas capas y una camiseta en la que se podía ver el signo del dollar (me ahorro chistes fáciles), provocando la primera reacción entusiasta del público. Finalmente se decidió a salir y rápidamente fue hacia el teclado reservado para él en el centro del escenario. Entre lo que le tapaba el instrumento, las grandes gafas de sol y la gorra, apenas si se le veía el rostro, así que podría haber sido cualquiera y no nos habríamos enterado. Tampoco su voz es la que se escucha en sus discos de principios de los 70, así que cualquier parecido con el Sly Stone de sus mejores años era pura coincidencia. Físicamente tenía más movilidad que Isaac Hayes, pero musicalmente tenían tan pocas ganas de cantar como el soulman que le precedió el día anterior, pero en ambos casos eso poco le importó a la mayor parte del público, que bailó a placer y pareció disfrutar con la mera presencia de la leyenda en el escenario.

La banda, repleta de grandes instrumentistas y muy bien conjuntada, despachaba los clásicos con solvencia, manteniendo el interés en los momentos (que fueron los más) en los que Sly se retiraba a descansar (nunca pasó mas de diez minutos seguidos en el escenario). Por otra parte, su misión en el concierto no era cantar (empezaba los temas y los dejaba a mitad, no recordaba las letras…), sino sencillamente dejarse ver para disfrute de los mitómanos que querían precisamente eso, ver a su ídolo de cerca. En ese sentido no defraudó, porque pasó el rato paseándose de un lado a otro por el borde del escenario, saludando al público e incluso tirando su toalla para que la recogiera un afortunado especatodor de las primeras filas (que no tardó en empaparse la cara con el sudor de Sly). En uno de esos paseos, se detuvo en el borde, miró al suelo, y acto seguido se tiró (calculo que la altura sería de algo más de metro y medio). No sé si ese atrevimiento le costaría alguna magulladura o un hueso roto, pero estuvo paseando por la parte dedicaba a los fotógrafos, causando el delirio de los espectadores de las primeras filas, que no podían creer que tenían tan cerca al legendario músico. Volvió a pasearse más de una vez, pero ya acompañado por su robusto guardaespaldas, que no le quitó ojo cuando se subió al escenario e incluso se preparó para cogerle en brazos cuando Sly hizo un amago de tirarse de nuevo: esta vez se lo pensó mejor.

La conclusión es que el concierto se sostuvo porque su banda es muy buena y, aunque él no tenía ninguna gana de contribuir a la parte musical, sí contentó a la mayor parte de la audiencia, porque sigue siendo un gran maestro de ceremonias. En la parte final de la actuación, el escenario adquirió un aspecto caótico, con músicos o desconocidos invitados entrando y saliendo sin justificación alguna, pero sin que se interrumpiese el funk. El propio Sly se propuso presentarnos a sus churumbeles, supieran o no hacer algo especial: una de las hijas que presentó se limitó a dar, a petición suya, una vuelta sobre si misma para que viésemos su cuerpo. ¿Os hacéis una idea, no? En fin, delirante, pero con lo que me quedo es con la buena música que se pudo escuchar, con esos temas inmortales que, como quedó demostrado, siguen moviendo a la gente.

00:30h. Escenario Verde: Cirkus. 8.500 espectadores.

La otra gran atracción de esta cuarta jornada del Jazzaldia era el retorno a los escenarios de Neneh Cherry, miembro del grupo Cirkus. De hecho, está claro que si el cuarteto afincado en Suecia actúa en el Festival es porque la veterana vocalista es uno de sus miembros, de ahí que lo anunciasen como 'Cirkus con Neneh Cherry' y que en la publicidad de Heineken, directamente, el único nombre que se leyese fuese el de Neneh Cherry. Ella posiblemente sea la que más tirón comercial tiene, pero también cabría preguntarse cuantos seguidores conserva de su época más exitosa a principios de los 90. Claro que, teniendo en cuenta que acudieron más de 8.000 espectadores, una de las cifras más altas de esta edición, sólo superada por Gotan Project, es evidente que tienen seguidores o que, al menos, hay curiosidad por volver a ver a la vocalista subida a un escenario. Ella fue, en efecto, la que asumió el rol de estrella, de maestra de ceremonias, presentando casi cada tema, aunque musicalmente Cirkus funcionó como un grupo bien cohesionado y Cherry no pretendió ser el centro de atención. La mayor sorpresa del directo fue, curiosamente, la interpretación vocal de Burt Ford, el productor que lanzó las carreras de Massive Attack y Portishead pero que tiene una voz tan personal como seductora. Ese fue el principal atractivo del cuarteto, el trío de vocalistas que forman Neneh Cherry, Ford y la joven Lolita Moon, que en ciertos pasajes cantaban a la vez. Ahora bien, la más versátil fue Cherry, que incluso recordó sus años de gloria con breves rapeados. Lo mejor, la versión en directo de Your such an..., dedicatoria a Bush incluida.

Día 5 - 28 de julio. 24.414 espectadores.

Hoy es el penúltimo día de Festival, pero el último para mí. No es que me haya cansado, que ya no tenga ganas de escuchar más buena música en directo, sino que se debe a una cuestión presupuestaria: el alojamiento en San Sebastián no es precisamente barato. De todas formas, aproveché bien mi último día presenciando tres conciertos más. De nuevo hay diez conciertos para elegir y mi criterio para hacer la selección esta vez es dar prioridad a los grupos locales. Las grandes atracciones del día son el dúo Pat Metheny & Brad Mehldau y la colaboración entre Wayne Shorter (que por la mañana había recibido el Premio Donostiako Jazzaldia) e Imani Winds. Pero como a esos monstruos los puedo ver con cierta facilidad porque, afortunadamente, viajan a España con frecuencia, opto, como casi siempre, por propuestas alternativas.

19:00h. Espacio Frigo: Gasteiz Big Band. 3.000 espectadores.

A esta hora podía elegir entre la Gasteiz Big Band y Stay Blues, que también me apetecía escuchar, pero como no puedo dividirme en dos, me decanté por la primera debido al amor que siento por las big bands. Me alegré con la elección porque fue uno de los más simpáticos del Jazzaldia (además de ser el que más público atrajo en el Espacio Frigo). Un concierto de big band clásica y, curiosamente, con mucho sabor latino. El repertorio lo compusieron piezas clásicas de la era dorada de las big bands (cuando triunfaban Duke Ellington, Count Basie, Glenn Miller o Dizzy Gillespie), pero también varias piezas contemporáneas, con estructuras más innovadoras, que fueron las más interesantes. Ahora bien, el público disfrutó sobre todo con las reinterpretaciones de clásicos y temas latinos. Me sorprendió la presencia de un pinchadiscos, que añadía efectos y scratches en algunos cortes (nada menos que DJ Parrutxo, de Ortophonk), y de un rapero (la idea es interesante, pero no funcionó nada bien tal y como se presentó), que se sumó a las vocalistas puntualmente. Se nota que Iker Sánchez ha hecho un gran trabajo en los nueve años que ha dirigido la big band, porque esta se mostró muy conjuntada y técnicamente convincente, con músicos solistas muy notables. Iker Sánchez, por cierto, tenía un curioso modo de dirigir, porque daba las entradas al inicio de cada tema, y también marcaba el final, pero entre tanto salía del escenario o se colocaba a un lado, como diciendo: estos chicos ya pueden caminar sin que esté constantemente dirigiéndolos. Es un bonito gesto para no restarles protagonismo, ya que el trabajo estaba ya hecho en los ensayos, aunque luego supimos también que ese era su último concierto con la big band. A partir de entonces la dirección la asumirá Jimmy Bidaurreta (Grog, Acid Gazz), con el que hablé tras la actuación (tocó el piano en un par de temas). Me dijo que pensaba enfatizar el componente electrónico de la big band y grabar un disco. También me contó otros proyectos de los que no puedo escribir porque falta confirmación, pero que prometen.

21:00h. Escenario Verde: Bojan Z. 4.000 espectadores.

Cómo disfrutaron los tres músicos y lo que nos hicieron disfrutar. Bojan Z al piano, Remi Vignolo al contrabajo y Martjin Vink a la batería lograron algo muy complicado: interesar al público que acude al Escenario Verde con una música tan compleja, experimental y vanguardista. Este escenario playero no es el más indicado para este tipo de propuestas, porque los que acuden allí están acostumbrados a escuchar los grupos no jazzísticos que participan en el Jazzaldia, músicas bailables y/o electrónicas destinadas a atraer a los jóvenes. Es el escenario por el que habían pasado Gotan Project, Living Colour, Horace Andy, Cassius o Cirkus, entre otros, y Bojan Z no tiene nada que ver con eso. La suya no es música bailable, ni rockera, ni electrónica, que es lo que mejor funciona en el Escenario Verde, y la prueba es que fue el menos visto en ese escenario y el único en el que todo el público permaneció sentado. La explicación es que Bojan Z estaba originalmente programado como telonero de Pat Metheny & Brad Mehldau, pero debido a la larga duración de los conciertos de estos últimos, pasó al Escenario Verde. No pintaba bien la cosa al inicio, con muy poco público (cuando comenzaron a tocar no habría ni mil personas) y muchos desentendiéndose de la actuación, pero entonces se produjo el fenómeno: poco a poco fueron llegando más personas, atraídas por el personal y original jazz del serbio. Pese a que todos siguieron sentados, escucharon con mucha atención (¡nadie hablabla!) y aplaudían con fuerza tras cada tema. Al final acabaron pidiendo un bis, y eso que la música del trío era muy intensa, pero es que es público del Jazzaldia es excepcional. Así da gusto ir a un concierto.

23:00h. Espacio Frigo: Karma Quintet. 2.200 espectadores.

Formación local liderada por el vocalista y compositor Enrique Galán y en la que participa el batería Diego Hernando (percusionista de Ácido C), que se dedica a versionar clásicos del jazz vocal. En los que respecta a la instrumentación es un conjunto estimable (piano, batería, bajo y guitarra), pero Galán, aunque tiene una muy buena voz cuando habla y una formidable presencia escénica, es un vocalista con evidentes limitaciones: canta transmitiendo el sentimiento que requiere cada tema, con senbilidad, pero eso no es suficiente para suplir su carencia de voz. Es una pena, porque la formación ofrece una música de muy agradable escucha, que tiene su público, pero interpretar jazz vocal sin un buen vocalista es un problema. Yo me baso en la única actuación que he presenciado, y ahí Enrique Galán no brilló como vocalista, pero no sé si en otros conciertos o en estudio funcionará mejor. Por otra parte, sus composiciones sí son interesantes, con un innegable sabor clásico y unas letras curiosas (especialmente la de Desastre).

Fotos: Lolo Vasco.

Compartir

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here