2009: El ruido eterno - Alex Ross

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El ruido eterno - Alex Ross
Alex Ross.
EL RUIDO ETERNO.
Editorial: Seix Barral.
Título original: The Rest Is Noise.
Traducción: Luis Gago.
Publicación: 2009.
ISBN: 978-84-322-0913-0.
Género: Divulgativo.
Categoría: Libro.
Género musical: Clásica, Vanguardia.
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“Escuchar el siglo XX a través de su música”. Ese es el ambicioso subtítulo con el que Alex Ross presenta El Ruido Eterno, excelente obra en la que afronta con éxito la complicada tarea de contarnos la composición clásica del pasado siglo. Su propósito es ofrecer un repaso de las principales tendencias de la música clásica, de la mal llamada música culta, desde los primeros años, con Mahler y Strauss acaparando buena parte de la atención en una escena post-Wagner, hasta la última década del siglo.

Aún centrándose en un solo siglo, es un campo tan amplio que, necesariamente, el autor debe limitarse a hablar de los compositores más representativos de cada época, lugar, movimiento y género. No obstante, elige tan bien sus ejemplos y los artistas clave que uno tiene la impresión de que nada queda fuera, de que lo escrito es todo lo que ocurrió. Además, Alex Ross desarrolla una narración vigorosa, un estilo de gran belleza que, puntualmente, alcanza vuelos poéticos.

Es estricto en el análisis de obras, en la explicación de tendencias estéticas, en la investigación de influencias y evoluciones estilísticas, pero en varios momentos se permite inspiradas descripciones de composiciones y grabaciones. Algunas de ellas son una preciosidad, pequeñas piezas literarias que parecen ficciones. Igualmente, las descripciones de los rasgos, características y vidas de algunos músicos parecen narraciones extraídas de novelas ―realistas, románticas, existencialistas...―, según el caso.

Es esta una publicación pensada especialmente para personas con formación musical. Saber analizar una partitura, tal y como se enseña en la asignatura correspondiente del conservatorio, es de gran ayuda para seguir mejor el libro. Constantemente habla de acordes, tonalidades, armonías y demás elementos compositivos, de modo que dominarlos es la mejor manera de sacar todo el máximo al texto. Ahora bien, El Ruido Eterno puede ser disfrutado también por un lector que no tenga ningún conocimiento teórico, pues el destinatario es, ante todo, un melómano que quiera ampliar sus horizontes sonoros y saber más de música.

Alex Ross tiene muy en cuenta ese detalle, de modo que no abusa de los aspectos teóricos y, en cambio, se esfuerza por implicar al lector, por presentar su crónica del siglo XX de la manera más interesante y amena posible. Es un libro exigente, sí, que requiere de tiempo y concentración, pero a cambio ofrece inteligentes observaciones y jugosas anécdotas, por las que el autor parece sentir especial predilección. Bastará recordar que fue un éxito en Estados Unidos y que ese éxito se repitió en prácticamente todos los países en los que fue editado. Si sólo estuviese dirigido a estudiosos y profesionales de la música, no habría logrado esas asombrosas cifras de ventas. Eso sí, no es una obra introductoria, ni de iniciación, pues es necesario tener un cierto conocimiento de la música tratada. De lo contrario, es muy posible sentirse completamente perdido y no acabar de leer ni el primer capítulo.

Si un libro divulgativo debe juzgarse, entre otros aspectos, por su capacidad para crear interés por aquello que lo que trata, El Ruido Eterno está plenamente conseguido, pues es poco probable que, tras leerse las 600 páginas, el lector no sienta un irrefrenable deseo de escuchar la música de uno o varios de los compositores. Por supuesto, la mayoría de los que lo hagan conocerán ya a los grandes compositores, sus obras esenciales, pero invita a descubrir a otros autores menos publicitados, a los que no forman parte del canon pero son igualmente atractivos.

Esto es especialmente válido para los músicos que no pertenecen a los países más poderosos económicamente y a los que comenzaron sus carreras compositivas en la segunda mitad del siglo. A menudo, el conservadurismo de programadores, instituciones, intérpretes y público ha relegado a los nuevos artistas a parcelas marginales, mientras que los principales circuitos y auditorios siguen ofreciendo prácticamente la misma programación que a principios del siglo XX. En El Ruido Eterno los nombres que sí forman parte del canon están ampliamente comentados: hasta protagonizan capítulos completos. Pero no son los únicos: también están muchos cuyo alcance es considerablemente más minoritario y el trato que les reserva Alex Ross es igualmente exquisito. Si sumamos a eso el apartado de recomendaciones discográficas que incluye la edición, lo lógico es que el lector visite su tienda de discos preferida más de una vez. Con este libro crecerán muchas discotecas personales.

La cantidad de música escuchada, de partituras analizadas, de viajes realizados y de libros leídos por parte de Alex Ross para realizar El Ruido Eterno es increíble. Dado que terminó de escribirlo con 39 años, no sé cómo pudo acumular tanta sabiduría, aunque la clave es la de casi siempre: trabajar mucho. Pero es justamente esa sabiduría, esa ingente cultura musical, la que le permite crear una obra tan interesante, una de cuyas virtudes es su capacidad para relacionar estilos, escenas y compositores aparentemente lejanos.

Logra evidenciar las conexiones que se establecen entre unos músicos y otros, el constante juego de influencias, muchas veces en las dos direcciones. Sólo leer el prólogo y el epílogo ya merece la pena en ese sentido. Es la mejor manera de abrir bien la mente cuando uno escucha música, para advertir así de donde viene lo que está sonando. Que no hay nada nuevo bajo el sol, que los músicos no existen sin sus influencias, no es un descubrimiento de Alex Ross, pero hacernos ver la relación entre Steve Reich y The Velvet Underground, Alban Berg y George Gershwin, Morton Feldman y The Beatles, o Karlheinz Stockhausen y Björk sí tiene mérito. Y son sólo cuatro de los muchísimos y apasionantes casos tratados en el libro.

Una obra sumamente enriquecedora.

Reseña Panorama
Puntuación
9
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